El mundo desde arriba III

Unai April 30th, 2009

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Parecía no haber despertado de la siesta. Tras acumular energía con un buen plato de pasta con atún nos pusimos otra vez a caminar. Mi compañera había sucumbido a la altura y decidía regresar. Nuestro guía se fue con ella y definitivamente me uni al grupo de euskaldunas. Si seguía habiendo jamón seguro que no habría ningun problema. En esas comidas que improvisabamos a mitad del día los sherpas paraban a nuestro lado como quien no quiere la cosa para ver si podían picotear. ¡Qué listos que son! Con éstos encantados, con los que había que tener cuidado era con los cuervos, que no tardaban en oler el equipaje. Estos deben ser los únicos animales que se ven por las cimas más altas. ¿Habrá jamón por allí arriba? Si hay jamón hay cerdos…

De Gokyo había que llegar hasta el otro objetivo: Kala Pathar. 5.550 metros y otra vez el Chomolugma enfrente, esta vez mucho más cerca y con el Pumo Ri detrás. De camino estaba el Chola Pass, un coyado a más de 5.000 metros muy exigente en el que prácticamente había que escalar las piedras heladas. En fila y despacito fuimos ayudándonos unos a otros hasta llegar al paso donde una cascada y una arista de nieve virgen marcaban la bajada al siguiente valle. Aquí fue la única vez que tuvimos que caminar a paso blanco. El amplio valle posterior recordaba a los Pirineos.

Un día antes, lo de la tarde te volvía a dejar sin palabras. Por su belleza y por lo inesperado que es encontarte allí, en el Himalaya, arena blanca de tonos grisaceos de los mejores mares. Estábamos cruzando el glaciar que habíamos visto desde la cima. ¡Qué maravilla! Por su condición de río en movimiento está cubierto de piedras que caen constantemente de las faldas de las montañas. Debajo de éstas el hielo milenario formando paredes y lagos que junto a las rocas congeladas te llevan a la Antártida. El gris del cielo y la arena bien podría también acercarte a la luna.

En tres días por valle abierto llegamos a Gorak Sheep, el último refugio antes del campamento base. Fue gracioso como un grupo de australianos, ingleses y kiwis batían en ese mismo momento un record del mundo de partido de cricket jugado a más altura (5.175). Aunque no deja de ser una anécdota, como otros records, algún mérito tiene. ¡La pena es que no me sabía las reglas! Para cuando me enteré ya era demasiado tarde. Ya estaban hechas todas las carreras necesarias. Record consumado y caritas pálidas del cansancio. La tarde llena de tranquilidad e hidratación.

¡ZORIONAK AITA! Era nuestro día. Él cumplia años, yo cumplía un sueño. Miré por la ventana aún con los ojos cerrados y todavía oscuro había estrellas. Salí y vi la luna flriteando con el Everest, justo encima del Nuptse (7861). El desayuno lo dejábamos para la vuelta, unas chocolatinas serían suficientes. Así con el equipaje justo para compensar el frío y el esfuerzo comenzamos frontal en la frente a caminar. La subida no requería técnica alguna pero sí tener que parar cada poco tiempo a dar unas bocanadas extras de aire. El cuerpo estaba necesitado de él. En el horizonte se veían los primeros rayos de sol iluminar el Ama Dablam, uno de los picos más carácterísticos de la zona y por el cual suspiran la mayoría de sherpas. Tenía forma de trono, posiblemente utilizado en momentos invisibles por algún dios de los allí presentes.

A nuestra espalda, directos a la cumbre, pedía atención el Everest. Éste también quería parte de protagonismo. Los últimos 300 metros sirvieron para probarme. Ya no había que regular, mi pequeño record estaba allí (5.550 metros) y quería ver cómo el cuerpo respondía a pleno rendimiento. A la cima la extenuación y la emoción se debatían en un equilbrio perfecto en el que el gran beneficiado era yo. Nunca olvidaré esta experiencia, la cual me gustaría ir superando sin tiempo en el horizonte pero con una ilusión no tan real, que aunque sea en sueños, algún día me llevará a esa cima que poco a poco se iba dorando con el sol. La pirámide casi negra del lado sur abrazaba las nubes y en silencio contaba la historia de todos esos valientes que lo habían al menos intentado. Cada uno tenía sus anécdotas pero todos una ambición común: ver el mundo desde arriba.

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